viernes 30 de diciembre de 2011

El discurso del Rey

Cristina Santos



Lo que se había convertido en los últimos años en una tradición anodina y de relleno, dentro de la meliflua programación navideña, se ha transformado este año en una cita esperada y seguida con interés por muchos españoles, el discurso del rey.
La razón no estribaba en saber la opinión del jefe del estado en el cambio de gobierno, los anunciados recortes, nuestra creciente perdida de nivel de vida o nuestra descafeinada posición internacional (de la que él ha sido siempre un importante valedor). No. La razón estaba en el morbo de ver como afrontaba el saqueo de las arcas públicas que ha practicado su yerno.
Pese a ello, pese al morbo familiar y republicano de la exposición, no fue el programa más visto de la tele. Hasta ese nivel de hastío hemos llegado.

El procesamiento de Iñaki Urdangarín, y la forma en que este caso afecte a la corona, es un problema más serio de lo que parece. Máxime en un momento en que todo el sistema esta cuestionado. Los partidos, las autonomías, la organización provincial y los poderes del estado en funciones (Tribunal Constitucional, Consejo General del Poder judicial..).
En estos momentos económicos, en los que tanta gente tiene necesidades, esta debilidad de las instituciones es lo último que necesitábamos.
Parte del problema viene de nuestra peculiar transición. Oprimidos en unas circunstancias extremas de paro, reconversión industrial, golpismo y terrorismo, los legisladores constituyentes construyeron el edificio de nuestras actuales libertades, pero con decenas de flecos, de problemas aparcados. Tantos que ya no nos caben debajo de la alfombra. Uno de ellos, y no menor, es la monarquía. La derecha española es mayoritariamente no monárquica. Quedó claro en las cortes de la Segunda República, y antes en la crisis de Isabel II y de Alfonso XIII. La izquierda es públicamente republicana. Muchos con poca convicción, sin saber que significa eso y, en muchos casos, defendiendo una mera pose estética de frentismo ante una familia de privilegiados. Pero son públicamente republicanos, eso es lo que cuenta. El resultado es una simpatía transitoria hacia la figura del Juan Carlos, y una actitud de respeto reverencial e irracional hacia la corona, más basado en el miedo por el que pasará sin ella, o a la necesidad de agradecer los favores prestados al país, que por una convicción. Pero el cuestionamiento está ahí. Y es difícil que un país sobreviva ante tamaño cuestionamiento.
Otra cosa es nuestra capacidad para juzgar a todos por igual. Dos presidentes navarros tuvieron que dimitir por corrupción (Urralburu y Otano), dos están hoy en día imputados (Camps y Matas) y mil cargos públicos están acusados y procesados en todo el país (ministros, subsecretarios, consejeros, presidentes autonómicos, alcaldes y hasta concejales). Pero nadie se plantea por ello acabar con ayuntamientos, provincias o autonomías. Como nadie lo hizo en Israel (acabar con la republica) porque su presidente fuera condenado por robo y violación.
Es cierto que el rey cometió un error. Que, como jefe de estado, cuando tuvo conocimiento de las irregularidades de Urdangarín en 2005, debió intervenir de manera oficial, no privadamente, mediante un asesor e instándole a poner pies en polvorosa, porque tras él la trama siguió, y aunque Urdangarín abandonó el instituto Noos, los efectos negativos sobre las arcas públicas siguieron. Es cierto que el rey, ante un caso de salvación palmario antepuso sus lealtades familiares a sus deberes públicos. Es cierto. Pero él, concretamente, no ha robado nada, no ha corrompido a nadie, que sepamos, ni ha sido incapaz y negligente en sus obligaciones, en estos años, como si lo han sido decenas de nuestros gobernantes.
Tienen razón los que dicen que no estamos solo ante una crisis económica, sino moral y política. Y eso es muy visible en España. Necesitamos una reforma a fondo de nuestra estructura de poder y financiera, y un saneamiento profundo de nuestra casta política. Pero también precisamos estabilidad, y el rey es parte de ella.

1 comentarios:

Yo dijo...

Discrepo en muchos puntos pero sobre todo en éste: "Dos presidentes navarros tuvieron que dimitir por corrupción (Urralburu y Otano), dos están hoy en día imputados (Camps y Matas) y mil cargos públicos están acusados y procesados en todo el país (ministros, subsecretarios, consejeros, presidentes autonómicos, alcaldes y hasta concejales). Pero nadie se plantea por ello acabar con ayuntamientos, provincias o autonomías."

Mucha gente se plantea precisamente eso: acabar con las autonomías, pues su única función es la de derrochar y repetir organismos ya nacionales.

Por ejemplo, la sanidad. Es inconcebible que, si vives en la frontera con otra comunidad, tu centro por defecto sea uno que está a 100km mientras podrías tener la posibilidad de acudir a otro que está a 20, pero que está en otra provincia.

Admito que, en un principio, la idea era buena, pues es una buena forma de dar solución a problemas demasiado pequeños para que un estado centralista los pueda tener en cuenta pero, como todo en este país, se ha llevado a los extremos y así no.

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